Por la ruta de la africanía: El imperio Oyó

Por: Heriberto Feraudy Espino

imagen yoruba antigua
El imperio de Oyó fue el mayor y más poderoso de todos los reinos yorubás y quizás el más interesante de aquellos que emergieron en las regiones costeras y boscosas del África occidental. Este incluía estados no yorubás como el reino de Dahomey y, por otra parte, no lo integraban algunas regiones yorubás como Ekiti e Ilesa. Los autores consultados coinciden en señalar su nacimiento a mediados del siglo XlV, posiblemente entre 1388 y 1431, y en que su fundador fue Oranyán.

Se relata que este, imbuído por un espíritu de aventura, viajó hacia el noroeste de Ilé-Ifé con el firme propósito de crear un gran reino. Con esta idea se asentó en un lugar a unas 30 millas del río Níger, próximo a los territorios de Nupe y Borgu. Este lugar, nombrado Old Oyó (viejo Oyó) u Oyó- Ilé se convirtió eventualmente en la capital del imperio. El terreno medía entre 16 y 32 km.

A principios del siglo XVl, Oyó seguía siendo un pequeño estado apenas capaz de defenderse contra sus poderosos vecinos, Borgu al norte y Nupe al noroeste. Incluso hasta llegó a ser conquistado por los nupe alrededor de 1550.

Una vez concluída su obra de fundación dícese que Orayán abandonó Oyó para trasladarse a Ilé-Ifé, donde murió y fue enterrado, siendo sucedido por su hijo Ajaka quien era poco ducho en la vida política y en el arte militar Se necesitaba un jefe fuerte, capaz y audaz para el imperio. Entonces Ajaka fue depuesto y sustituído por su hermano menor Shangó, quien era un poderoso y feroz guerrero que se convirtió en el cuarto Alafín (rey de los oyó).

Entre los méritos que se le atribuyen a Shangó está el haber independizado a Oyó de Owu y el de haber trasladado la sede del gobierno desde Oko, lugar donde había vivido Oranyán, hacia Oyokoro u Oyo Ajaka, lugar mucho más fácil de defender. El reinado de Shangó no duró mucho tiempo y pronto cayó en desgracia a consecuencias de las tensas y mal logradas relaciones con y entre sus principales jefes.

No resulta ocioso señalar que estas contradicciones y luchas intestinas de toda clase son una constante en la historia política y militar de los yorubás. Cuenta la historia que el alafín Shangó, decepcionado y agobiado por tantas pugnas se marchó a Nupe muriendo en el camino. Unos cuantos cuentan que se ahorcó, otros dicen que se enterró en la tierra ayudado por una cadena.

Ajaka fue llamado nuevamente, teniéndose en cuenta su carácter más apacible. Shangó había sido censurado por su carácter. Se pensó que con el cambio todo sería distinto, pero ocurrió que Ajaka durante el tiempo que estuvo alejado del trono transformó su manera de ser, convirtiéndose en un hombre irascible, dinámico y combativo. De inmediato organizó y libró una guerra contra los nupe, lo que le permitió ganar prestigio como guerrero y gobernante de tal forma que la autoridad interna del alafinato se vio segura por algún tiempo.

Los cuatro siguientes gobernantes de Oyó, Agaju, Kori, Oluaso y Onigbogi continuaron con la tarea de construir el reino y de lograr una estabilidad única y duradera. El reinado de Agaju fue fundamentalmente pacífico y próspero; Kori era un joven de corta edad, hecho que dio lugar, por primera vez, al surgimiento de un problema constitucional, cuya solución fue encontrada en el nombramiento de regentes, siendo el primero, el Basoru y posteriormente, layanyun, madre de Kori. Al alcanzar la mayoría de edad el joven alafin recuperó todos sus derechos como gobernante. Durante su mandato se fijó la frontera entre Oyó y los ijesha; Oyó hizo de Ede su pueblo fronterizo; e Ijesha creó el poblado de Oshogbo con un propósito similar.

El reino de Oluaso continuó la etapa de tranquilidad y prosperidad, caracterizándose por la construcción de palacios, de los que se hicieron alrededor de 54. Se afirma que su palacio principal tenía 120 kobis (paredes laterales).

El sosiego y la armonía empezaron a desmoronarse a finales del gobierno de Onigbogi. Se produjo el desastre. Había comenzado bien, en un clima de esperanzas y de confianza, pro los vecinos del estado de Borgu, quienes habían sido derrotados durante el período de Ajaka estaban esperando una oportunidad favorable para vengarse. Se alega que esta oportunidad surgió cuando el ejército de Oyó marchó a luchar contra un pueblo llamado Ita Ibidun, dejando indefensa la capital. Los tapa (pobladores de Borgu) aprovecharon la ocasión e invadieron la ciudad de Oyó, propinando una fuerte derrota y expulsando a los pobladores de aquel lugar.

La pérdida fue una gran lección para los oyo´. Se hizo más que evidente la necesidad de contar con un ejército fuerte y poderoso, tal como lo tenían los reinados de Borgu y Nupe. La pieza clave de esos ejércitos estaba en la caballería. La decisión fue tomada por el alafin Onigbogi y la puesta en práctica correspondió al alafin Orompoto. Esto ocurrió entre los años 1530 y 1542.

Para establecer la caballería en el ejército de Oyó, surgía una seria dificultad. La parte norte de Yorubaland, al igual que otras del África occidental, estaba habitada por dos tipos de moscas Tsé Tsé las cuales eran muy dañinas para los caballos. Los yorubás del norte podían mantener a los equinos, pero no los podían criar. La solución fue comprar suministros estables del norte del Níger y entrenar soldados en las tácticas de guerra de caballería

Orompoto organizó un ejército, cuya retaguardia consistió en 1 000 soldados de infantería y 1 000 jinetes. Constituyó además un ejemplo de destreza, formando y conduciendo expediciones militares dirigidas a ampliar y fortalecer el imperio. De esta forma Oyó se hizo de un ejército de caballería que estremeció a toda la región donde estaba ubicado y más allá. Con esta fuerza los oyó pudieron derrotar a sus enemigos Tapa y Barriba y alrededor de 1610 fueron lo suficientemente poderosos como para recobrar su anterior capital Old Oyo, lo que lograron durante el reinado del alafin Abipa.




Entre ese momento y mediados del siglo XVlll existió un ejército muy desarrollado suficientemente fuerte para respaldar la estructura del imperio, no solo por su poderosa caballería, sino también por su buena organización y alto nivel de disciplina.

Era una práctica en el ejército de los oyó- yoruba no matar a un héroe abatido. Si era necesario aplicar la pena capital a los jefes enemigos los vencedores lo que hacían era ignorar su existencia. Tal práctica indicaba que no intervendrían si los soldados decidían eliminarlo. Si alguno de los cautivos era un rey, teniendo en cuenta su figura se consideraba sagrada, lo usual era pedirle que se suicidara.

En la estructura militar estaban los “eso”, jefes militares que eran designados por méritos al igual que el “are-ona-kakanto”. Éste era el comandante supremo y jefe del ejército, por tradición vivía en un pueblo fronterizo de importancia estratégica. Esto tenía el objetivo de poder ser el primero en detectar cualquier amenaza o ataque extranjero y por otra parte, con esta medida se evitaba que pudiera tener facilidades para intervenir en asuntos internos de alta política. Su cargo se heredaba. A los comandantes que obtenían victorias se les honraba públicamente, pero si al kakanto u otro jefe se le derrotaba en una batalla, según la tradición, no podían regresar a sus puestos, se les humillaba y generalmente estos se suicidaban o marchaban abochornados a otros estados.

Cualquier funcionario importante que fallase, fuera el alafin o el are-ona-kakanfo, según la tradición, debía morir para que el imperio viviese Se estima que en 1750 el Alafín de Oyó era emperador de un territorio que incluía al reino de Oyó, a todo Egba y Egbado, algunas partes de Igbomina, todo el reinado de ajase, Weme, y parte de Tapa e Ibariba. En esa época mantuvo un firme control sobre el comercio costero con los europeos en Ajase (Porto Novo). Uno de los más significativos triunfos en su período de expansión fue lograr la dominación de Dahomey, al que también hicieron Estado tributario.

Se calcula que el territorio del imperio se extendió quizás mas de 200 millas hacia el interior y que su predominio duró más de 200 años, dominando más de 6 000 pueblos y aldeas de forma directa o indirecta. El profesor Abímbola afirma que el imperio se extendió hasta parte de Ghana, Togo y Benin.

En su opinión en Ghana actualmente existen más de 20 aldeas yorubás. Agrega que Nupe, borgu y los igala estuvieron más de 300 años bajo el imperio de Oyó. Es categórico al afirmar que la fuerza del imperio estuvo en su diplomacia, la que se traduce en su capacidad para lidiar con los problemas. Aunque su poder no cubría toda Yorubaland el imperio de Oyó se convirtió en la mayor unidad política y en un factor de estabilización en el área. No es sorprendente por lo tanto, que cuando declinó y cayó a principios del siglo XlX, el efecto de su derrumbe se sintiera en toda la tierra yoruba.

¿ Pero a qué otros factores además del militar se debió la grandeza de este imperio?. La posición geográfica de Oyó fue una de las razones para su gran dominio. Su ubicación a lo largo de la ruta comercial y como centro comercial principal al sur del Níger le era sumamente ventajosa. Estas rutas lo conectaban con muchos mercados importantes, tales como el de los hausa en una dirección y el de Gao, Timbuktú y Jenne en la otra. Se encontraba, además, en un extremo donde los productos de la selva eran vendidos a la gente de la sabana También comerciaba, como hemos citado anteriormente, con los europeos a través de Porto Novo; pero los oyó no solo fueron afortunados comerciantes, su habilidad industrial también aceleró el crecimiento del imperio; su destreza en el hilado, teñido y tejido del algodón, la talla y al decoración atrajeron a comerciantes de todas partes, Los fundidores eran famosos. Se importaban artículos como la sal, cueros y cristalería. Contaba adicionalmente con tierras fértiles para su producción agrícola. Todo ello le permitía acumular grandes riquezas.

Se dice que el alafin de Onisile construyó 7 puertas de plata para las 7 entradas de su dormitorio en el palacio. Durante el mismo reinado se plantea que también el shekere se confeccionaba con materiales muy costosos.

Para Olatun Bosun: “La homogeneidad étnica también contribuyó al crecimiento del imperio de Oyó. La mayor parte del mismo tenía costumbres similares. Hablaban la misma lengua, consideraban a Ifé como su casa espiritual y a Oduduwa como el fundador e su raza”

Con un gobierno central y el control de los diferentes estados que le pagaban tributo, con su gran desarrollo económico y la habilidad para dirigir y resolver sus problemas, Oyó se convirtió en una verdadera potencia en África occidental.

Fuente: CUBARTE